(…) la panacea de la
“participación del usuario” (difícil de definir apropiadamente y
todavía más difícil de conseguir) sólo ha servido para hacernos
advertir cuán intratable es el problema, así como el hecho de que
probablemente sólo podrá ser solventado por partes, respondiendo
debidamente a unas situaciones específicas.
Del
comentario de Kenneth Frampton, inserto en su difundida Historia crítica de la Arquitectura Moderna, en el capítulo
dedicado a hacer un balance de propuestas participativas como las de
Giancarlo de Carlo en Terni, al norte de Roma, o de John Turner y William
Mangin en Lima,
podemos deducir en primer lugar que, a pesar de ser conscientes de la
necesidad de una participación activa del usuario en el diseño urbano,
ésta es muy difícil de articular. El problema está servido sobre todo,
si se traspasa el ámbito particular del hábitat, en el que con la
tecnología actual es relativamente viable diseñar un programa flexible y
adaptado a los distintos requerimientos domésticos, y entramos en el
complejo tejido urbano, en una arquitectura de la ciudad que no sólo
contemple trazados abstractos sino configuraciones concretas,. De hecho,
el propio Frampton califica la deseada participación ciudadana de
“panacea”, debido a los numerosos problemas que se han dado en las
distintas experiencias de aplicación concreta, fundamentalmente, cuando
se ha pretendido abarcar de modo genérico la totalidad de los problemas
urbanos, sin diferenciar claramente de qué se está hablando, o lo que es
lo mismo, en qué y dónde se quiere incidir.
Sin
embargo, también es preciso considerar que la sugerencia de atender sólo
a situaciones específicas está muy bien teóricamente, pero también
conduce a veces a situaciones un tanto absurdas. Por poner un ejemplo,
situémonos tal en las confrontaciones recientes entre residentes y otros
usuarios en los centros históricos (los problemas del “botellón”, de
la circulación de vehículos, las zonas de ocio, etc.), derivados en
parte por la falta de conciencia ciudadana, pero fundamentalmente por una
deficiente política municipal en lo que significa articular un modelo de
convivencia en el que se pueda dar un equilibrio entre distintos tipos de
actividad sin que ninguna anule el resto. Es preciso un equilibrio entre
locales de ocio, edificios administrativos, residenciales, educativos,
equipamientos deportivos, sanitarios, museos, bibliotecas, etc.). La
ausencia de una especie de “ecosistema” que contemple las relaciones
entre todos estos espacios y actividades es lo que crea conflictos y zonas
que se hacen prácticamente inhabitables.
Por
otra parte, y en contradicción aparente con lo que acabo de indicar
relativo a la necesaria participación ciudadana, me gustaría hacer una
observación que, a pesar de ser polémica, pienso que es necesario tomar
como punto de partida. Paradójicamente, las planificaciones urbanas que
mejores resultados han dado en una ciudad, no han sido fruto de dejarlo
todo en manos del parcelario o de los gustos e intereses particulares de
los usuarios, sino que ha habido una intención planificadora, asumida
posteriormente por la población, no como “usuario” sino como
“ciudadano” que se siente partícipe de un proyecto colectivo. La histórica
intervención de Berlage en Amsterdam o la reciente de Barcelona bajo la
supervisión de Oriol Bohigas, confirman este hecho. Indudablemente, no
estoy con ello reivindicando el cariz “iluminado” de una posición
ilustrada que determine la vida de los ciudadanos, sino la necesidad de
consensuar unas directrices a partir de un proyecto urbano flexible,
coherente, que sea sensible al contexto espacial, sociocultural y, por
supuesto, sin dañar los intereses de los vecinos como colectivo. Y, en
este punto es donde el problema adquiere tintes de conflicto casi
irresoluble. ¿Cuándo se habla de intereses de los vecinos a qué nos
estamos refiriendo?. Da la sensación que desde la administración pública
se pretenda enmarcar dichos intereses en un problema de elección entre
modelos de farolas, tipos de maceteros y otros adornos de calles y plazas.
Todo se reduce a un problema de participación en la cosmética de la
ciudad, sin entrar siquiera en el concepto de equipamiento urbano, y menos
aún en el de política urbanística, que raramente se debate con los
vecinos, que sólo pueden presentar alegaciones a unos proyectos
totalmente elaborados, cuya lectura es difícil para la mayoría de la
población y más todavía el formular alegaciones en la forma correcta.
Por otro lado, da la impresión que la mayoría de la población haya
interiorizado un modelo de ciudad que tiene más en común con proyectos
desurbanizadores que con lo que es y representa una ciudad histórica.
La proliferación de adosados, la urbanización indiscriminada de la
huerta, la transformación de los márgenes del antiguo cauce en autovías,
la ocupación continua de aceras y el intenso tráfico en el centro histórico,
son datos que sólo pueden llevar al desánimo, puesto que reflejan un
modelo de vida individualista que poco tiene que ver con el anhelo de
hacer ciudad.
Frente
a este dato, como nota positiva, me gustaría destacar el reciente
manifiesto suscrito por numerosas asociaciones vecinales del centro histórico
de Valencia, que se ha enunciado como: “la calle es nuestra segunda
casa. Manifiesto por la movilidad y la habitabilidad en Ciutat Vella”.
Este manifiesto ha sido fruto de innumerables reuniones, discusiones,
puntos de vista –muchas veces confrontados-, y pretende ser una especie
de acuerdo de mínimos consensuado que pueda ser asumido por toda la
ciudadanía. Por supuesto, suscribir este manifiesto implica reivindicar
un modelo de ciudad y de vida que, hoy por hoy, tal como indicaba antes,
no es compartido por la mayoría de la población, por lo que es urgente
abrir un debate público en este sentido, en donde el razonamiento pueda
tener un espacio y abra paso a una perspectiva de habitabilidad futura
respetuosa con la memoria histórica. Sin embargo, no hay que desesperar
totalmente, hay también, de hecho, una demanda de vivir en el centro histórico,
además de mantenerse un reducto de resistentes residentes que desea un
modelo de ciudad compacta que recupere el sentido que el barrio, la calle
y la plaza han desempeñado como espacios vitales de comunicación e
intercambio de ideas, esto es, como lugares vivos de convivencia
ciudadana. A continuación enumeraré los puntos en que se centra el
citado manifiesto:
1.
Aparcamientos para residentes
2.
Diseño y equipamiento urbanos
3.
Eliminar las rondas interiores de tráfico rodado
4.
Tarjeta de residentes
5.
Un transporte público mejorado
6.
Impulso del turismo urbano
7.
Fomento del pequeño comercio
8.
Rehabilitación y viviendas sociales
9.
Más itinerarios peatonalizados
En
el contenido del manifiesto se desarrollan cada uno de estos puntos, indicándose
además algunos ejemplos de otros centros históricos y sugerencias que
demuestran que lo planteado es perfectamente viable y asumible.
Quedan
una serie de puntos que, aunque parezcan marginales, es preciso abordar.
No debemos engañarnos con relación a las recientes movilizaciones y
participación ciudadana como respuesta a la actual política urbanística
en la ciudad de Valencia. De momento, esta participación es minoritaria,
tal como nos lo recuerda machaconamente la actual administración al
referirse a los recientes resultados electorales, y casi deslegitimizando
cualquier respuesta ciudadana que no se ajuste a la participación en las
urnas, consideradas por el gobierno actual como el único espacio democrático
de encauzar las reivindicaciones. Es urgente dinamizar y dotar de más
competencias a las Juntas de Distrito. Quizá ello propiciaría una
participación más directa de la ciudadanía, evitando la disociación
actual existente entre política municipal y problemáticas vecinales.
No
obstante, ya se indicaba al principio las dificultades que conlleva una
participación activa en la gestión urbana por parte de los ciudadanos.
En mi opinión, hay una serie de contradicciones internas en el
funcionamiento cotidiano de las asociaciones vecinales. Señalaré algunas
que, de no resolverse, pueden obstaculizar la dinámica reivindicativa del
movimiento ciudadano. Las enunciaré como interrogantes abiertos, puesto
que creo que son de una complejidad tal que desarrollar punto por punto
excedería el espacio asignado a mi intervención. Veamos algunas de estas
contradicciones:
-
Por
qué se han extinguido prácticamente las asociaciones vecinales, o
mejor dicho, por qué éstas han sido sustituidas por asociaciones de
afectados (frente al ruido, a expropiaciones, etc.) y, en algunos
casos puntuales, por movimientos ciudadanos (en la defensa del Botánico
o del Cabanyal).
-
Por
qué muchos ciudadanos acuden circunstancialmente a las Asociaciones
de Vecinos, como aquél que acude a una ventanilla a que le resuelvan
su problema, esto es, con la misma actitud de un cliente ante una
agencia de servicios cualquiera. No será que se ha propiciado este
comportamiento al restringir la participación democrática sólo a
las urnas.
-
Por
qué se da un rechazo generalizado en los vecinos de los centros históricos
de la arquitectura contemporánea que no se ajuste a supuestos
criterios historicistas. Dándose la paradoja que incluso popularmente
se admite antes un lenguaje high
tech que otro de tipo racionalista. En este sentido, se prefiere
algo espectacular que una opción que respete la volumetría de los
edificios colindantes y sea sobria en su apariencia. No será que los
profesionales de la arquitectura tienen algo de responsabilidad al no
haberse preocupado mínimamente en escuchar, debatir, razonar y educar
a la población en general en los criterios que subyacen a una
intervención urbana y arquitectónica.
Añadiré
ahora dos puntos que competen a la política urbana y que creo que deberían
plantearse con más énfasis en las reivindicaciones ciudadanas:
-
Por
qué no se debate y consulta a los vecinos afectados en importantes
actuaciones urbanísticas (por ejemplo: en los casos de la ampliación
del IVAM, el plan de la Muralla árabe, etc.) y, sobre todo, no se
contemplan los daños colaterales que tales actuaciones implican,
estudiando otras vías alternativas.
-
Por
qué da la sensación de que el centro histórico se hace y deshace,
sin que se dé una coordinación entre las distintas administraciones
que aúnen esfuerzos en actuaciones conjuntas y paralelas en
infraestructuras, viviendas y en la resolución de problemas sociales.
Puede
que ante la situación actual, con el panorama de unas asociaciones
vecinales reducidas a mínimos, gestionadas por un puñado de voluntarios,
uno se convenza de que no hay nada que hacer, pero –tal como indica el
antropólogo Manuel Delgado-
a pesar de todo, incluso en el supuesto de que no haya nada que hacer,
ello no nos exime de no hacer nada, al menos si queremos estar tranquilos
con nosotros mismos, diciendo un NO bien rotundo frente a los edulcorados
mensajes de que todo va bien y de que vivimos en el mejor de los mundos
posibles.
Albert
Esteve de Quesada
Associació
de Veïns i Comerciants del Barri del Carme
FRAMPTON, Kenneth; Historia
critica de la arquitectura moderna. Editorial Gustavo Gili.
Barcelona, 1987. Pág. 293
para ampliar lo apuntado por Frampton, consultar: TURNER, John F.C.; Vivienda,
todo el poder para los usuarios. Hermann Blume Ediciones, Madrid,
1977
vid.; CERDÁN, David; “La superficie urbanizada crece un 5% al año
en el territorio valenciano”. El
País, sábado 8 de noviembre de 2003. Comunidad Valenciana. Pág.
5
cit. en la conferencia “Trivialidad y trascendencia. Los usos
sociales y políticos de la cultura”, pronunciada dentro del
programa de Realitats de la
Ciutat, organizado por Ciutadans
per una Cultura Democràtica i participativa.
|